Al cerrar los ojos, regreso mentalmente a la mañana del 3 noviembre. Salí de la ducha y encontré en mi teléfono un mensaje de Pablo preguntándome si tenía el número de Ernesto. Las horas pasaron rápidamente y una llamada tras otra la tragedia se iba tornando cada vez más real. Los fantasmas acechaban una vez más. El maldito calor del fin de semana asedió la ladera del San Francisco con una avalancha imposible de prever, llevando consigo al patagón, hacia lo profundo, hacia el extremo más absoluto, envolviéndolo solemnemente en blanco, con el estruendo de todo cuanto es incontenible.
Durante los últimos meses me había tomado la prerrogativa de gestionar las salidas que nos vedaron. Si lo hacía por un sentido de justicia o por un perfecto equilibrio entre deber moral y placer personal es algo que aún no tenía resuelto, pero estaba ahí y alguien debía hacerse cargo de que las cosas resultaran cómo Dios manda. Costara lo que costara. Por eso me repetí en silencio la pregunta una y otra vez: ¿cancelo la salida o insisto?
Nuestro hermano mayor estaba lejos. ¿Cómo iba yo a vulnerar su intimidad para obtener una respuesta? ¿Cuál respuesta? Después de todo, para él los últimos meses habían sido una noche demasiado larga y aunque el amanecer pareciera cerca, todos sabemos que esa es -precisamente- la hora más gélida de la jornada.
Habría que seguir adelante con el plan y confiar. Por todos y para todos. Así, después de una semana que en forma casi irónica nos habíamos propuesto tiempo atrás dedicarla a los primeros auxilios, llegamos al atardecer del 14. Reunidos en las inmediaciones de Bachillerato, subimos las mochilas al bus, algunos nos montamos en los autos y nos lanzamos en medio de la noche hacia la cordillera que dos semanas atrás robó a Marco su último suspiro.
A Marco Vera y a sus compañeros de cordada va afectuosamente dedicado el presente artículo.
A medianoche y luego de un breve rally nocturno con Vicky al acceso a las termas de Colina, armamos el primer campamento en la desolación de "El Cabrerío". Desde los autos, desde un cerco humano de protección térmica y emocional, el viento arrastraba palabras y frases aisladas, descontextualizadas, y ocasionales estallidos de risas grupales.
Después de comer y sin aún tener ganas de dormir, salí para probar suerte con las fotografías nocturnas. Hacia el sur, el cerro Catedral con sus extensos acarreos en la base y largas paredes de mierdalita pura:
Frente a esto, por el norte, oculta tras las paredes del Aguja Escondida, la luna sacaba brillo a las brumas nocturnas, mientras Orión nos vigilaba atentamente.
El resto de la noche transcurrió sin novedad, con una brisa suave y constante.
A las seis de la mañana la luz en la carpa ya resultaba insoportable. Salí para despejame y tener una nueva vista del entorno:
Comprobé que habían llegado refuerzos, aunque nuestro General seguía ausente.
¿Qué le habrá ocurrido? ¿Habrá sido exitosa su búsqueda en el norte? Durante el día, esas preguntas seguirían esperando respuestas.
Desayunamos y comenzó el desarme. Nuestro objetivo era internarnos hacia el norte, bajando por la huella hacia el río Marmolejo y para luego volver a ascender, encaminándonos hacia el cajón del Arenas, en cuyas inmediaciones estableceríamos nuestro nuevo campamento. Los autos transportaron la mayor cantidad posible de mochilas. Otros optamos por llevarlas por nuestra propia cuenta, confiando en que la bruma se encargaría de mantenernos frescos y a punto.
Avanzaron los autos por la gran recta final hasta que los surcos del camino hicieron imposible acercar más la carga. A nuestra espalda, el bajo del camino que nos separaba de Cabrerío quedaba cubierto en niebla.
Frente a nosotros, el cerro Arenas (4.366 MSNM) a los pies del cual, protegido entre enormes placas con las más diversas siluetas, estaba nuestro próximo y definitivo lugar de acampada.
Descargamos y distribuímos las mochilas para continuar los últimos diez minutos de marcha, atravesando el primer nevero del fin de semana.
Llegamos a Choriboulder y frente a la cara sur del Mirador del Morado, en los picos del noroeste, advertimos una larga y uniforme meseta nevada: el cerro Unión (3.658 MSNM).
Antes de empezar a armar el campamento, nos reunimos para convenir en horarios y el plan de acción a seguir.
Cucho no parecía muy convencido al respecto:
Mientras nuestro narrador, en su tradicional vestimenta de campamento, montaba su carpa y las banderas de oración, Bea paseaba por el lugar documentando lo que ocurría:
El suscrito, coordinador de-facto de los tres episodios de M1-2008:
Durante la hora y media de relajo que tuvimos para prepararnos para la nieve, Bea captó la génesis de lo que en el Plomo vendríamos a conocer como un hidalgo acto de cortejo por parte de Peala'o (opcionalmente pueden usar la música para imaginar).
Caludito Allard, decano de montañismo, en una de sus habituales actividades: persuadiendo a algún incauto (en este caso a Guido, viejo conocido ya) para que le tenga almuerzo listo al regreso:
A las diez en punto y bajo un cielo parcialmente despejado partimos cajón adentro. Caminamos siempre con la pared sur del Arenas y el estero Morado a nuestra derecha, mientras que por la izquierda teníamos la falda norte del Ruhillas:
Una y otra vez el paisaje sobrecogía con el contraste entre quebradas verdes y lomas áridas, acarreos interrumpidos aquí y allá por manchones de vegetación que crecían como pecas sobre un rostro seco y curtido por el sol. Un poco más lejos, más al interior, la nieve enfríaba el viento que soplaba en dirección nuestra. Teníamos que adentrarnos tanto como fuera necesario para encontrar neveros aptos para practicar. Y mientras una vieja huella interrumpida ocasionalmente por la nieve subía con suavidad hacia el Unión, nosotros empezamos a bajar, atravesando la nieve, acercándonos al estero. De pronto nos encontramos de lleno ante la majestuosidad invernal del cajón del cerro Arenas:
Para que la instrucción resultara mejor, nos separamos en tres grupos, uno con Claudio Allard, otro con Pelado y otro con Cucho y la Lore. Las circunstancias estaban listas y perfectas para que cada grupo aprendiera a abrir huella en nieve y pudiera practicar los distintos métodos de autodetención; por ejemplo, sin piolet: